Podcast: El cáncer y la evolución

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Paul Newman, Luciano Pavarotti, Ulysses S. Grant, Severiano Ballesteros, Hugo Chávez; artistas, políticos, deportistas… La fama está muy lejos de ser una vacuna eficaz contra el cáncer. Estas personalidades, al igual que millones de individuos a lo largo de la historia de la humanidad, murieron por una enfermedad que no hace distinción entre estatus social, religión o ideología.

Muchas han sido las especies de animales que han proliferado en la tierra. Algunas de ellas reinaron durante millones de años; otras, por el contrario, se extinguieron en lapsos mucho menores de tiempo. El éxito evolutivo de cualquier especie viene determinado por su capacidad de supervivencia ante cambios ambientales drásticos. Hace unos 250 millones de años, se produjo un acontecimiento que condicionó radicalmente la evolución de la vida sobre nuestro planeta. La extinción masiva que se produce entre los períodos Pérmico y Triásico acabó con el 90% de las especies marinas y el 70% de los vertebrados terrestres. Las pocas especies que sobrevivieron fueron los cimientos sobre los que se fueron desarrollando los distintos animales que hoy día conocemos. Estas catástrofes ambientales,6 como la que acabó con los dinosaurios hace 65 millones de años,  actúan como un filtro que selecciona especies animales cada vez más eficaces. 

El ser humano no es una excepción. Hemos llegado a ser la especie dominante del planeta gracias a nuestra capacidad de adaptación. Hace unos 70.000 años hubo una enorme explosión volcánica en la isla de Sumatra que condicionó la evolución de muchas especies, entre ellas las pertenecientes al género homo. La mayoría de estas últimas se extinguieron,7 y las pocas que quedaron tuvieron que concentrarse en las regiones más cálidas del planeta, ya que, a consecuencia de la explosión, se produjo un invierno volcánico en el que la temperatura global de las zonas templadas del planeta se desplomó hasta 15 grados centígrados de media. Algunos científicos creen que por aquel entonces solo quedarían unas mil parejas reproductoras de nuestra especie, homo sapiens; solo sobrevivieron los más fuertes y los más capaces. Aquellos “superhumanos” fueron nuestros ancestros.

Hoy por hoy, somos casi 7.000 millones de personas en el mundo. Esto demuestra el éxito de una especie que ha sido capaz de colonizar los más variados nichos ecológicos, y afrontar casi cualquier cambio ambiental.

Cuanto más estudiamos la evolución de las distintas especies, más nos convencemos de que la naturaleza tiene un mecanismo de autorregulación. La base de la evolución reside en la capacidad que tiene el genoma de un individuo de mutar en un momento dado. Una mutación es un cambio puntual en el ADN de ese individuo que puede acarrear una serie de cambios anatómicos, bioquímicos y/o conductuales.12 Una mutación puede generar ciertas estructuras que ayuden al animal a moverse en medios que en un principio eran inaccesibles para él; por ejemplo, la aparición de unas membranas interdigitales en las aves palmípedas, que permiten que estas empiecen a nadar, o el desarrollo de aletas a modo de patas en peces que colonizaron el medio terrestre porque empezaron a andar. Las ventajas de este tipo de mutaciones tienen como resultado más posibilidades de vivir y de reproducirse. Además, estas mutaciones son hereditarias, por lo que no es difícil entender el importantísimo papel que han jugado en la evolución de todas las especies, y también del ser humano. Ahora bien, esta capacidad de mutar de nuestro ADN conlleva una terrible contrapartida. Las mutaciones también originan una de las enfermedades que más vidas humanas se ha cobrado: el cáncer.

Fue Hipócrates (460-370 a. C.) el primero en describir esta enfermedad. Trató de explicar su naturaleza comparándola con la acción destructora de un cangrejo sobre los tejidos blandos de su víctima, porque los pacientes que tenían aquel mal le describían los dolores comparándolos con los que producía un cangrejo al pellizcar con sus pinzas. Es muy posible que el nombre griego de esta enfermedad (karkinos o ‘cangrejo’) provenga entonces del propio Hipócrates, aunque otras teorías apuntan a que fue Galeno, cinco siglos después, el que, observando las venas entumecidas en forma de patas de cangrejo que ciertos tumores originaban, pudo haber acuñado el término. De cualquier forma, nada se sabía entonces sobre qué podía causar esta enfermedad. Durante los siglos XVIII y XIX se empezó a observar que había una relación entre cáncer y ambiente. Ya entonces se sugirió que la inhalación de tabaco podía estar relacionada con cierto tipo de tumores. Pero no fue hasta 1885 cuando el patólogo alemán Rudolf Virchow (1821-1902) describió el cáncer como una enfermedad celular. Aquello abrió un nuevo panorama a la investigación oncológica. Desde entonces hasta nuestros días, la comprensión de los mecanismos que desencadenan esta enfermedad ha avanzado mucho. Sabemos qué causa la mayoría de los tumores, conocemos gran parte de los agentes cancerígenos, somos capaces de reducir la mortalidad de determinados tipos de cáncer con tratamientos de quimio y radioterapia, pero la ciencia sigue siendo incapaz de evitar que esta enfermedad se desarrolle, dado el carácter aleatorio de las mutaciones que la originan.

Estrategias preventivas básicas como una alimentación equilibrada, ausencia de hábitos poco saludables, como el tabaco o el alcohol, evitar en la medida de lo posible los agentes cancerígenos más habituales (radiaciones gamma o UV, formaldehído, etc.), así como hacer ejercicio de forma regular, quizás no nos hará inmunes a esta enfermedad, pero sí que reducirá sensiblemente la posibilidad de que desarrollemos los tipos de cáncer más frecuentes.